jueves, 14 de julio de 2016

El tiempo en Correos

Hoy tenía que estar a las 10:30 en un sitio y antes tenía que pasar por Correos. Llego allí a las 09:50 y saco el número del turno: A036. Hay cinco ventanillas abiertas, nada más. Miro el panel donde salen los turnos y veo que el último que han llamado de mi letra es el A022. Mientras espero, relleno el papelito de los envíos certificados. Entre tanto, las letras B, C y D van pasando. Vuelvo a mirar, la letra A no ha avanzado. Me fijo que sólo en una de las ventanillas atienden la letra A, otras dos atienden la B y las dos restantes, la D. La gente que espera ya mira el reloj y resopla. Los que llegan, alucinan porque ya salen los A040 y pico. La funcionaria de la ventanilla A termina de atender al cliente, miro la hora, son las 10:10. Vuelvo a mirarla y veo que se ha levantado, va hacia el perchero, coge su bolso y otra bolsa (de los recados que hará durante su pausa del almuerzo, supongo) y, con la cabeza baja, se va. Los que estamos esperando con la letra A empezamos a murmurar, ansiosos por ver aparecer un nuevo funcionario que atienda esa ventanilla. No aparece nadie.

Un señor reclama a una funcionaria que está echando una mano a las que atienden a la letra B, le dice algo que no oigo bien, como que avisa a alguien. Yo, que ya llevo unos minutos comentando con mis compañeros de espera, pregunto si habrá hojas de reclamaciones. Un señor me dice que sí, que tiene que haberlas. Así que me acerco a uno de los funcionarios de la letra D, que acababa de terminar de atender a uno que había dejado dos paquetes enormes y que, parece ser, tenía que pesar de nuevo y expedirlos, y le digo:
—Perdone, ¿hay hojas de reclamaciones?
Me mira como si le estuviera hablando en marciano o le hubiera pedido que me donara aquí y ahora un riñón y me dice con cara de estar muy agobiado:
—Sí, por ahí habrá —señalando con un gesto de la mano un punto indeterminado del espacio.
Se me hinchan las narices y le digo:
—Ya, pues es que no hay nadie que atienda los envíos y llevamos mucho tiempo esperando.
Y me dice muy rebotado:
—¡Claro! Y ahora me tengo que levantar para ir a llamar a alguien y así se retrasa todo.
—Eso es —le contesto más rebotada que él—. Es justo que se retrasen todas las letras y no sólo la A.

Entonces se levanta y se mete detrás. Al momento, sale, se sienta y sigue a lo suyo y unos segundos después aparece la encargada. En un minuto soluciona el problema. Nos dice que se había desconfigurado el sistema que tienen para ir dando turnos y salían el resto de letras, pero no la A.
—Si hay cualquier otro problema, se lo dicen a mis compañeros.


¡Pobre mujer! Si a ninguno le iba bien levantarse de su sitio para avisar de lo que pasaba… No digo que todos los funcionarios sean así, ni mucho menos todos los de Correos. Sólo digo que los que estaban esta mañana atendiendo han demostrado que tienen cero iniciativa (si cómo funcionan ahora no resulta útil (siempre hay colas), propongan nuevos sistemas organizativos), cero espíritu de equipo (si el problema lo tiene otro compañero, que se jo… y pringue él, que yo paso) y cero sentido de servicio (si hay mucha gente esperando a ser atendida, que esperen, yo, a mi ritmo).

Estoy leyendo “La conciencia de Zeno” de Italo Svevo y hay un párrafo que me viene al pelo. Dice así: “[…]Entonces recordé que en tiempos la condena a trabajos forzados se aplicaba en Inglaterra colgando al condenado encima de una rueda accionada por agua, con lo que se obligaba a la víctima a mover con determinado ritmo las piernas que, si no, resultarían aplastadas. Cuando se trabaja, se tiene siempre la sensación de una obligación de ese tipo. […]”. Bien, pues los funcionarios que estaban atendiendo esta mañana entre las 09:50 y las 10:30 en la oficina de Correos de Tarragona parece ser que también están obligados a trabajar a un ritmo determinado y no pueden hacer nada que no sea su función, porque se rompe el ritmo y se les aplastan las piernas. O tal vez, si lo hacen, se genera una especie de cataclismo de consecuencias insospechadas que es mejor no provocar.


¡Ah! He llegado a la hora a mi siguiente cita, pero por dos razones: la primera, gracias una chica y un señor que me han dado turnos de gente que se había desesperado y se había marchado, con lo que al final yo tenía el turno A028; la segunda, porque tenía que ir a unos 100 metros de Correos y no hace falta mucho tiempo.

lunes, 6 de junio de 2016

El metro

Hoy he recibido el libro La mancha mínima, Antología de literatura breve, el libro decimotercero de los alumnos (y no sé si este año también hay profesores) de la Escuela de Escritores en el que otra vez me he atrevido a participar. Este año el prólogo es de Julio Espinosa Guerra, director de la Escuela de Escritores de Zaragoza y podéis leerlo aquí. Entre los relatos de 219 autores está el mío, El metro. Y, cosa la mar de curiosa, los relatos están ordenados alfabéticamente pero no por el apellido del autor, sino por el nombre. ¡Oh, cielos, el mío ocupa el puesto 218! El metro lo escribí (con otro título) en 2015 para un concurso de relatos eróticos y era bastante más largo. Esa versión larga fue seleccionada para publicarse, pero al final todo se fue al traste y aquel libro nunca vio la luz. Así que extraje una parte de aquel relato y la ajusté a la longitud que permite la publicación en el Libro de la Escuela de Escritores. ¿De qué recodo de mi imaginación sale este relato? Bueno, me lo guardo para mí, pero digamos que señores de estos, haberlos, haylos...


El metro

Yolanda Gil Jaca
Tarragona, España
A todos mis profesores,
por haber dejado su huella en mí y por ser mis guías en esta travesía.

Una mañana, por casualidad, descubrí en el metro que podía obtener un poco de placer gratis. Eran las ocho menos cuarto de la mañana, hora punta de entrada en las oficinas y en las clases. No suelo madrugar tanto, pero aquel día tenía que echarle una mano a mi hija pequeña. Empezaba con obras en la cocina y me había pedido que estuviera en casa para que los paletas estuvieran a lo que tenían que estar. Así que, cuando llegó el convoy, me sujeté el sombrero con una mano y aferré el bastón con la otra y entré en el vagón, empujado por la avalancha de gente que había esperado conmigo en el andén. Nos apretujamos como pudimos porque ya venía bastante concurrido y, cuando los pitidos de las puertas avisaron de que se cerraban, aún entraron varias personas a toda prisa. Entre aquella maraña de brazos que intentaban sujetarse a alguna barra y de piernas semiabiertas que trataban de guardar el equilibrio fue donde se abrió la caja de Pandora.
Después de los primeros codazos suaves la gente quedó encajada en el vagón, los cuerpos se tocaban lo justo para que todos estuviéramos conformes. El recorrido del metro llegó a la primera curva y fue entonces cuando el cuerpo de la chica que tenía delante se apoyó por entero en el mío. Mi primera reacción fue apartarme, más por educación que por incomodidad. Pero el olor a vainilla de su champú o de su perfume, quién sabe, se me metió en la nariz cuando ella se movió para agarrarse mejor y despertó algo en mí que creía olvidado. En lugar de apartarme, me pegué más a ella, con suavidad. Ella solo movía la cabeza al ritmo de la música que iba escuchando, pero no se alejó de mí. Ni tampoco se volvió para decirme nada o echarme una mirada de desaprobación. Su reacción, o la falta de ella, me dio alas. Noté que me estaba empalmando. Doblé un poco las rodillas y al estirar de nuevo las piernas rocé con mi verga su trasero. Ella siguió sin moverse. Miré a mi alrededor. Cada cual iba a lo suyo. Una nueva flexión de rodillas y otra vez me restregué contra sus nalgas. Ella, impasible, la cabeza arriba y abajo al ritmo de la música, y yo con una erección que abultaba mis pantalones. Tenté a la suerte y volví a frotarme con ella, esta vez mi rabo se paseó entre sus muslos hasta que se topó con su trasero. Entonces el metro frenó con su brusquedad habitual. Ella se volvió, yo giré la cabeza en sentido contrario y oculté el rostro con el ala de mi sombrero. La chica bajó en esa parada sin decirme ni pío. Buena parte de los pasajeros también se bajó allí y quedaron algunos asientos libres. Me senté en uno y me quité el sombrero. Lo coloqué sobre mis partes.
Esa noche, en casa, recordando ese momento, me masturbé.
Al día siguiente, de camino a casa de mi hija de nuevo, me situé en otra zona del andén. No sabía si aquella chica se había subido en la misma parada que yo o ya venía en el vagón, pero no quería coincidir con ella. Llegó el metro y entré. Eché una rápida ojeada a los pasajeros que me rodeaban, todos varones. El resto del día tuve una ligera sensación de decepción.
El tercer día de las obras en casa de mi hija volví a tomar el metro en la misma parada atestada de empleados y estudiantes. Después de algunos empujones y codazos, el convoy salió de la estación. Delante de mí había una chica. Su pelo olía a rosas. Otra vez un olor que destacaba entre el resto y que me encendía. Llegamos a la primera curva y mi cuerpo y el de la chica se juntaron. Sentí la tensión en mis partes. Miré a la derecha, hacia la ventana, mi sombrero, mi frente y mis ojos se reflejaban en el cristal por encima de otras cabezas. «¡Vamos, prueba otra vez!», me pareció que me ordenaban los ojos de mi imagen especular. Obediente, doblé las rodillas lo suficiente para que al estirarlas mi verga empalmada se frotara con el trasero de la chica, que, incómoda, se apartó un poco. Fuera de mí, en la siguiente curva aproveché para restregarme otra vez. Entonces ella intentó separarse de mí otra vez y volvió la cabeza:
—¡Oye! —empezó a decir alterada, pero, al verme, continuó más educada—. Tenga cuidado, señor.
—Perdone, señorita. —Simulé estar muy apurado, levanté la mano en la que llevaba el bastón y la moví señalando el gentío—. Hay tanta gente que…
Ella miró la empuñadura de mi bastón y, de repente, se puso roja como un tomate.
—No pasa nada, es normal —sonrió un poco y se dio la vuelta.
En la siguiente parada el vagón quedó bastante vacío. Busqué un asiento libre y, entre divertido y excitado, oculté mi erección bajo el sombrero.
A partir de aquel día se convirtió en un juego para mí. En una especie de reto contra mí mismo. Buscar una chica, empalmarme y frotarme cuanto más tiempo mejor, hasta que ella se bajara del vagón o me dijera algo y yo pudiera usar la excusa de la empuñadura del bastón.

jueves, 10 de marzo de 2016

El hijo postizo. Ver para creer

Una y otra vez pienso que ya no pueden sorprenderme y una y otra vez me equivoco. Hoy me ha llegado un correo electrónico de una página de Internet que me ha dejado entre sorprendida e indignada. Se acerca el “Día del Padre” y se les ha ocurrido el servicio “hijo postizo”, que puedes contratar para que felicite hasta tres veces a tu padre el día 19 si tú no tienes tiempo de hacerlo. ¿PERDONA? Cuando he salido del estado de shock en el que he caído, he entrado en el link, para poder hablar con propiedad.

Bien, pues te dicen que saben “que le quieres, un montón, pero que tu día a día (los niños, el trabajo, las cervezas con los colegas…) te impiden sacar tiempo para tu padre”. Así, literal. Tu sustituto le mandará un mail por la mañana para felicitarle, le llamará a mediodía para charlar un rato con él (sobre fútbol, política o lo que tú propongas) y le mandará un whats’app por la noche. Para rematar, van y te dicen: “Demuéstrale que estás… sin estar”. ¿Se puede ser más sinvergüenza?

A mí, la verdad, me parece que un regalo así es una auténtica falta de respeto hacia tu padre: “Mira, papá, no estás entre mi prioridades, es que ni en el Día del Padre voy a buscar dos minutos para tomarme un trago contigo o para charlar, que he quedado con mis amigos. Así que te mando un sustituto”. Sí, vaya, veo al padre encantado con el detallazo. Igual te manda a... porque resulta que el hijo que le has pagado para que le dé el cariño y el tiempo que tú no le das, le parece mejor que tú...

Yo no sé quién habrá sido la mente pensante que ha ideado este regalo. Lo mismo es una idea importada de EE.UU., que son mucho de hacer este tipo de tonterías. El caso es que ya estoy esperando un mail similar para el “Día de la Madre”, otro de unos Reyes Magos postizos para padres que estén muy liados para hacer de pajes de Sus Majestades de Oriente y, el mejor, sin duda, uno para San Valentín en el que te ofrezcan el marido postizo o la mujer postiza que cumpla con tu pareja porque tú no vas a poder. Cómo dicen por ahí: “¿A dónde vamos a llegar?” Muy fuerte…

Foto capturada del mail que he recibido y que si clico me lleva a la web de regalos.
Aquí os dejo el enlace, por si alguien quiere comprar el regalazo...
https://regalador.com/es/43969/hijo-postizo-para-felicitar-el-dia-del-padre/?utm_source=Newsletter+de+Regalador.com&utm_campaign=7ca883de18-Hijo_postizo&utm_medium=email&utm_term=0_6dddd9ef46-7ca883de18-416970505




martes, 8 de marzo de 2016

NO TE OLVIDES DE REGAR LAS PLANTAS

Este es el relato que presenté al 16º Concurso Literario "Relats de Dones" que organizan el Servei d'Informació i Atenció a les Dones y el Consell Municipal de les Dones del Ayuntamiento de Tarragona dentro de las celebraciones del Día Internacional de la Mujer. La entrega de premios ha sido hoy, martes 08 de marzo, y "No t'oblidis de regar les plantes" (No te olvides de regar las plantas") ha ganado el tercer premio. Este año no estaba tan nerviosa como el pasado y hasta me he atrevido a leerlo yo misma delante de todos. Además me he portado mejor y he presentado un relato menos puñetero.


NO TE OLVIDES DE REGAR LAS PLANTAS.
Catalina acababa de irse. Hacía ya un año y medio que venía. Era muy educada y hablaba poco, sería porque no hablaba el español muy bien. Ayudaba a Jaume a vestir a Roser, hacía las faenas de casa y hacía de comer.
—Mira, Roser, Catalina ha preparado unas verduras y un poco de pollo, ¿querrás? —le preguntó Jaume.
—No me gusta, ¡no quiero! —y Roser se cruzó de brazos enfadada.
—Pues no te daré ninguna chuchería. Tú misma —y suspiró.
Jaume puso la mesa mientras Roser veía los dibujos. Luego, empujó la silla de ruedas hasta la cocina. Roser comió cuatro cucharadas de menestra y un trozo de pechuga empanada y, de postre, medio flan. El resto lo chafó con la cucharilla. Hacía dos días que Jaume no se sentía capaz de tragar nada.
—¿Qué te apetece más, Roser, un chupa-chups o una gominola?
—¡Una gominola, un osito! —empezó a aplaudir.
—Vale, ¿lo quieres amarillo o verde? —le ofreció dos que tenía en la mano.
—¡Este, este! —dijo Roser señalando uno que estaba en el fondo de la bolsa— Y tú, no te comas ninguna gominola, que son todas mías.
—No, mujer, tranquila.
Guardó la bolsa y después volvió a dejar a Roser delante de la televisión y, cuando tuvo la cocina recogida, fue a la sala y cogió el álbum.
—Mira, Roser, ¿quién es ésta? —le preguntó señalando una foto.
—Madre.
—No, eres tú, cuando llegaste del pueblo a Tarragona.
Roser le sonrió como si le estuvieran hablando en una lengua extranjera y no entendiera ni una palabra.
—¿Y éste?
—Éste eres tú.
—Muy bien, Roser, y ¿quién soy yo? Tu...
—Mi... —cerró los ojos como haciendo fuerza para recordar mejor— Mi hermano, Pau.
—No, mujer, no, soy tu marido, Jaume.
—¡Que no! —rió—, que eres mi hermano. Yo aún no me he casado.
—Y estos son Anna y Albert, nuestros hijos —era una foto de los dos en bañador cuando eran pequeños.
Roser lo miró con los ojos muy abiertos.
—¡Qué niños tan guapos! Lástima que no tengan dinero para vestirse.
—Y ahora son así. Míralos qué majos.
—Estos señores —dijo señalándolos con el índice— vinieron una vez a mi casa —puso su mano en el antebrazo de Jaume y añadió en voz baja— y eran muy pesado, querían darme besos y no me gustaba.
Antes de que Roser empezara a olvidarse de todo, hacía ya más de cuatro años, Anna y Albert venían a menudo a casa con los niños y las parejas. Roser cocinaba y siempre hacía de más para que sobrara y poder ponerles un tuper. Pero ahora sólo venían de vez en cuando. Anna encargaba la comida, que no querían dar trabajo. Y, aunque no la daban, tampoco la quitaban. Todos tenían mucho trabajo y tenían que cuidar a los niños. A Jaume le sabía fatal no poder ayudarles con los nietos, como hacían antes. Pero ellos tampoco estaban disponibles nunca cuando les llamaba. Por eso había ido solo al médico dos días antes y Roser se había quedado con la vecina.
—Y estos son nuestros nietos: Eva y Oriol de Anna y Biel de Albert.
—No quiero ser amiga de esta niña nunca más —señaló a Eva en la foto—, es mala, me ha quitado mi muñeca y no quiere devolvérmela.
—Eso no es verdad —le riñó.
—Sí que lo es —y movió la cabeza de abajo a arriba—. Pau, ¿puedes traerme el costurero? Si no me espabilo, llegará la boda y no tendré el ajuar listo.
Jaume guardó el álbum y le llevó el costurero. Dentro había de todo: hilo, tijeras, agujas… todo de juguete. Roser empezó a coser, cantaba en voz baja, como cuando los niños eran pequeños y los dormía acunándolos. Jaume le acarició la mejilla y ella le sonrió.

 Jaume se sentó en el sofá, cerca de Roser. Cerró los ojos. Y dos lágrimas resbalaron por sus mejillas. Le vino a la mente la visita con el médico.
—Y este tumor… ¿es muy grande?
—Pues no lo sabemos, por eso hay que operar. Pero es mejor que vuelva con sus hijos o algún pariente otro día y yo les explicaré todo.
Como había hecho un cursillo de Internet en el hogar del jubilado, miró cuánta gente sobrevivía al cáncer de pulmón. No mucha. Qué mala suerte. Ya se lo decía Roser, que no fumara tanto. Y ahora, ¿cómo se las apañarían? ¿Cómo cuidaría de Roser si alguno tendría que cuidarlo a él? ¿Y si no salía de la operación? Anna y Albert tendrían que ayudarles, ellos, siempre tan ocupados. No quería ser una carga.

Todavía estuvo un rato allí. Luego suspiró, se levantó y fue a la habitación. En la libreta de ahorro había sólo ciento doce euros y estaban a día diecisiete. “Las pesetas cundían más, ¡joder!”. Se le escapaban las lágrimas. Fue a la cocina y cogió una banqueta que llevó al balcón y empujó hasta que tocó con la barandilla. Entonces miró las plantas. No hacía muchos días que las había regado. Aún así, buscó la regadera, volvió a la cocina y abrió el grifo. Las plantas de Roser siempre fueron la envidia del vecindario. La primera vez que se fue con los niños a veranear al pueblo le dijo: “No te olvides de regar las plantas”. Pero no se acordó y se secaron todas. Cuando Roser se enteró, se puso... Jaume no volvió a olvidarse nunca más de regarlas. Cuando la regadera se llenó, salió y regó todas.

Cuando acabó, entró y se acercó a Roser.
—Te quiero mucho —y le dio un beso en la frente.
—Pau, ¿puedes llevarle tú la merienda a padre que yo tengo que terminar esta sábana?
—No te preocupes, yo me encargo.
—Gracias —lo agarró de la mano para que no se fuera—. Yo también te quiero.
Jaume empezó a llorar.
—No llores, hijo mío, que los Reyes ya te traerán otro coche.
—Tienes razón —se secó las lágrimas.

Le dio otro beso y salió al balcón. Apoyó las manos en la barandilla y suspiró profundamente. De nuevo se le llenaron los ojos de lágrimas. “Se llevaran a Roser a un sitio en el que la cuidarán y donde habrá alguien que riegue las plantas para que estén siempre preciosas, como a ella le gusta”, pensó. Subió a la banqueta y saltó.

NO T'OBLIDIS DE REGAR LES PLANTES

Aquest és el relat que vaig presentar al 16è Concurs Literari "Relats de Dones" que organitzen el Servei d'Informació i Atenció a les Dones i el Consell Municipal de les Dones de l'Ajuntament de Tarragona dins de les celebracions del Dia Internacional de la Dona. El lliurament de premis ha sigut avui, dimarts 08 de març, i "No t'oblidis de regar les plantes" ha guanyat el tercer premi. Enguany no estava tan nerviosa com l'any passat i fins i tot m'he atrevit a llegir-lo jo mateixa davant de tothom. I a més he sigut una mica més bona i he presentat un relat menys punyeter.


NO T'OBLIDIS DE REGAR LES PLANTES
La Catalina acabava de marxar. Feia ja un any i mig que venia. Era molt educada i parlava molt poc, devia ser perquè no parlava prou bé el català. Ajudava al Jaume a endreçar la Roser, feia les feines de casa i cuinava el dinar.
—Mira, Roser, la Catalina ha preparat unes verdures i una mica de pollastre, que en voldràs? —li va demanar el Jaume.
—No m’agrada, no vull! —i la Roser va encreuar els braços emprenyada.
—Doncs no et donaré cap llaminadura. Tu mateixa —i va a sospirar.
El Jaume va parar la taula mentre la Roser mirava els dibuixos. Després, va empènyer la cadira de rodes cap a la cuina. La Roser va menjar quatre cullerades de minestra i un tros de pollastre arrebossat i, per postres, mig flam. La resta la va aixafar amb la cullereta. Feia dos dies que el Jaume no es veia capaç d’empassar-se res.
—Què t’estimes més, Roser, un xupa-xups o una gominola?
—Una gominola, un osset! —es va posar a aplaudir.
—Molt bé, el vols groc o verd? —li’n va oferir dos que tenia a la mà.
—Aquest, aquest! —va dir la Roser assenyalant un que era al fons de la bossa— I tu, no mengis cap gominola, que són totes meves.
—No, dona, estigues tranquil·la.
Va guardar la bossa i després va tornar a posar la Roser davant la televisió i, quan va deixar tot disposat a la cuina, va anar a la saleta i va agafar l’àlbum.
—Mira, Roser, qui és aquesta? —va demanar-li assenyalant una foto.
—La mare.
—No, ets tu, quan vas arribar del poble a Tarragona.
La Roser li va somriure com si li estiguessin parlant en una llengua estrangera i no entengués una paraula.
—I aquest?
—Aquest ets tu.
—Molt bé, Roser, i qui sóc jo? El teu...
—El meu... —va tancar els ulls com fent força per a recordar millor— El meu germà, el Pau.
—No, dona, no, sóc el teu home, el Jaume.
—Que no —va riure—, que ets el meu germà. Jo encara no m’he casat.
—I aquests són l’Anna i l’Albert, els nostres fills —era una foto dels dos en banyador quan eren petits.
La Roser li va mirar amb els ulls molt oberts.
—Quins nens més bonics! Llàstima que no tinguin diners per anar vestits.
—I ara són així. Mira’ls que macos.
—Aquests senyors —va dir assenyalant-los amb l’índex— van venir una vegada a casa meva —va posar la seva mà a l’avantbraç del Jaume i va afegir amb veu baixa— i eren feixucs, volien fer-me petons i a mi no m’agradava.
Abans que la Roser comencés a oblidar-se de tot, ja fa més de quatre anys, l’Anna i l’Albert venien sovint a casa amb la canalla i les parelles. La Roser cuinava i sempre feia de més perquè en sobrés i posar-los una carmanyola. Però ara només venien alguna vegada. L’Anna encarregava el menjar, que no volien donar feina. Però, tot i que no donaven feina, tampoc la treien. Tots treballaven molt i havien de tenir cura dels fills. Al Jaume ja li sabia greu no poder donar-los un cop de mà amb els néts, com feien abans. Però ells tampoc estaven mai disponibles quan els trucava. Per això havia anat al metge tot sol dos dies abans i la Roser s’havia quedat amb la veïna.
—I aquests són els nostres néts: l’Eva i l’Oriol de l’Anna i el Biel de l’Albert.
—Jo no vull ser més l’amiga d’aquesta nena—va assenyalar l’Eva a la foto—, és dolenta, m’ha tret la meva nina i no me la vol tornar.
—Això no és veritat —la va renyar.
—Sí que ho és —i va moure el cap de dalt a baix—. Pau, que em pots portar el cosidor? Si no m’espavilo, arribaren les noces i no tindré el dot acabat.
El Jaume va guardar l’àlbum i li va portar el cosidor. A dins hi havia de tot: fil, estisores, agulles,... tot de joguina. La Roser va començar a cosir, cantava en veu baixa, com quan els nens eren petits i els adormia gronxant-los. El Jaume li va acaronar la galta i ella li va somriure.

 Jaume va seure al sofà, a prop de la Roser. Va tancar els ulls. I dues llàgrimes li van relliscar per les galtes. Li va venir al cap la visita amb el metge.
—I aquest tumor... que és molt gran?
—Doncs no ho sabem, per això s’ha d’operar. Però és millor que torni amb els fills o algun parent un altre dia i jo els explicaré tot.
Com que havia fet un curset d’Internet al casal de gent gran, va mirar quanta gent sobrevivia a un càncer de pulmó. No gaire. Quina mala sort. Ja s’ho deia la Roser, que no fumés tant. I ara com s’ho farien? Com tindria cura de la Roser si algú hauria de tenir cura d’ell? I si no sortia de l’operació? L’Anna i l’Albert haurien d’ajudar-los, ells, sempre tan enfeinats. No volia ser una càrrega.

Encara va estar-se una estona allí. Després va sospirar, es va aixecar i va anar a l’habitació. A la llibreta d’estalvis hi havia només cent dotze euros i eren a dia disset. “Les pessetes condien més, collons!”. Se li escapaven les llàgrimes. Va anar a la cuina i va agafar una banqueta que va portar al balcó i va empènyer fins que va topar amb la barana. Llavors va mirar les plantes. No feia tants dies que les havia regat. Tot i això, va buscar la regadora, va tornar a la cuina i va obrir l’aixeta. Les plantes de la Roser van ser sempre l’enveja de tot el veïnat. La primera vegada que va marxar amb els nens petits a estiuejar al poble li va dir: “No t’oblidis de regar les plantes”. Però no es va recordar i es van assecar totes. Quan la Roser ho va descobrir es va posar... El Jaume ja no es va tornar a oblidar mai més de regar-les. Quan la regadora era plena, va sortir i va regar totes.

Quan va acabar, va entrar i va apropar-se a la Roser.
—T’estimo molt —i li va fer un petó al front.
—Pau, pots portar-li tu el berenar al pare que jo he d’acabar aquest llençol?
—No et preocupis, ja me n’encarrego jo.
—Gràcies —el va agafar de la mà perquè no marxés—. Jo també t’estimo.
El Jaume va començar a plorar.
—No ploris, fill meu, que els Reis ja et portaran un altre cotxet.
—Tens raó —es va eixugar les llàgrimes.
Li va fer un altre petó i va sortir al balcó. Va posar les mans a la barana i va sospirar profundament. Se’l van tornar a omplir els ulls de llàgrimes. “Es portaran la Roser en un lloc on tindran cura d’ella i on hi serà algú que regarà les plantes perquè estiguin sempre precioses, com a ella li agrada”, va pensar. Va pujar a la banqueta i va saltar.

lunes, 15 de febrero de 2016

En prueba de mi amor

Hoy ha sido un día sin más. Un domingo sin más. Estupendo. Porque San Valentín nunca me ha gustado, me parece tan artificial esta fiesta...

Sin embargo hay gente que lo celebra y gente que quiere que otros lo celebremos: llevo días viendo en Facebook recetas y más recetas de tartas y otras comidas con forma de corazón, afrodisíacas o vete a saber por qué razón relacionadas con este día. Y páginas de manualidades... En fin.

Entre la gente que lo celebra, hay gente a la que le gusta probar su amor y demostrarlo. Gritarlo a los cuatro vientos para que la persona amada se sienta ¿envidiada? No lo sé, la verdad, yo para demostrar mi amor elegiría un lugar secreto al que luego pudiéramos volver y recordarlo y no se lo contaría a nadie. Pero como en el mundo hay gente de todo tipo y las calles y las redes sociales están ahí para que las llenemos con nuestras frases y nuestras fotos, aquí van un serie de fotos que he ido haciendo de esas "pruebas de amor" que la gente hace.

PD: Iba a hablar de las declaraciones de amor llenas de miel de algunas personas en las redes, pero me lo voy a guardar y escribiré un relato, mucho mejor, jajaja.
¡Ah! Y lo malo que tiene eso de publicar caramelos, al menos en Facebook, es que los muy "jodíos" van y cada cierto tiempo te sacan un recuerdo al muro y yo pienso en cómo se les tiene que quedar el cuerpo a los que publicaron frases y fotos con alguien con el que ya no están... ¡ups!

Sección: "Si te lo digo a lo grande, no vas a poder decir que no"

Bajo un puente, en mi barrio


En el paseo hacia el Fortí de la Reina.
Me pregunto si la princesa es la misma de la foto anterior o será otra.
Aunque puede ser el mismo que escribe y use "princesa" para llamar a todas y no equivocarse, astuto.
Sección: "No me atrevo a decírtelo a la cara, así que voy a escribirlo en el bus mientras vuelvo del instituto, con la esperanza de que un día cojas este mismo bus, lo leas y ates cabos". Propio de adolescentes.
Imposible de reconocer el autor, a menos que conozcas su letra

A Laura le gusta Alex, pero, ¿cómo decírselo?

Sección: "Este candado es nuestro amor y nadie podrá romperlo", hasta que llegan las autoridades y los retiran porque se están cargando el soporte. En esta vida todo es efímero.
 
Estos candados estaban en el puente peatonal de la playa de mi barrio.
Digo "estaban" porque un día desaparecieron, había 42 la última vez que los conté.
Pero los enamorados no desisten, vuelve a haber. Ya son 10.
Esta foto la hice en el puente sobre el Támesis que cruza del
Parlamento y el Big Ben a la noria del Milenio
Y esta es de Praga.
Esta costumbre de los candados se extendió, si no me equivoco,
"gracias" al escritor italiano Federico Moccia y su novela "Tengo ganas de ti".
Y está causando estragos en puentes de Roma, París,...
Sección: "Breve pero con corazón"

En el Paseo hacia el Fortí de la Reina.
Es que este pretil está pidiendo a gritos que le escribamos encima.
Sección: "Ñoñería al cuadrado", ojo, que no lo digo yo, que unos firman como "ñoñis".
 
En el mismo pretil, es una mina. Está apartado
de las casas, sí, pero está claro que íntimo, íntimo, no es.
Sin duda, mi favorita: candado, foto y declaración por escrito, ¿qué más se puede pedir?
Eso sí, al día siguiente ya había volado. El viente no fue, seguro.
 

jueves, 14 de enero de 2016

Siempre en mi corazón, tía Tere

Hoy habría sido su cumpleaños… Si tía Tere no nos hubiera dejado hace seis meses. Desde entonces no hay día que no la recuerde. Todo fue tan inesperado que nos costó aceptarlo. Ella era una luchadora y ahora, con el paso de los meses, comprendo que, para arrebatárnosla, la muerte le mandara aquello ante lo que no tuvo ninguna opción de luchar. El dolor y la rabia han dado paso a los recuerdos, a los buenos recuerdos que tengo de ella. La recuerdo en la casa de Bailo cantando jotas con Alba, imitando a Lina Morgan haciendo reír a abuelita, remangada fregando los cacharros de la cena de Nochebuena,… Nunca olvidaré los disfraces que nos cosía para Carnaval, lo cargado que traían el coche cuando venían de vacaciones al pueblo, que los primeros pendientes de mis hijas se los compró ella…

Se hacía querer y nos quería con locura. Aitor, cuando era pequeño, la imitaba cuando le decíamos: “¿Cómo te hace tía Tere?”, entonces daba un grito y se agarraba de los mofletes. Porque tía Tere no podía aguantarse de achuchar a nuestros peques. “¡Ay, pero qué sobrina tengo!”, me decía orgullosa cuando le contaba que me habían publicado algo. Y seguro que allí donde esté se habrá alegrado cuando me saqué el nivel C de catalán, ella que llegó a trabajar a Barcelona y lo aprendió porque su jefe le dijo que si lo hacía, le pagaría más.

Era detallista, siempre se acordaba de todos, como cuando nos casamos y trajo unos regalos para mis padres y mis suegros para que se los diéramos como agradecimiento. O como cuando nació Ruth, nos mandaron a casa el día del cumpleaños de José Luis y ella vino a conocer a la peque y trajo una tarta para él donde decía “Felicidades Papá”.



Estos son sólo algunos de los recuerdos que tengo de ella, aunque son muchos más, y este blog no daría para meterlos todos. Dejó un gran vacío en nuestras vidas. Pero siempre la llevaremos en el corazón. Te echo de menos, tía. Te mando un beso y un te quiero enorme a esa estrella a la que te fuiste a vivir, como dice Dante.