martes, 16 de enero de 2018

Quesitos (relato completo)

El mes pasado me publicaron en El Narratorio Antología Literaria Digital Nº 22 Diciembre 2017 Año 2 mi relato Quesitos. Puesto que ya han publicado el nuevo número de la antología, hoy publico aquí el relato completo.


QUESITOS

—¡Mamá, mamá! ¿Estás ahí? —nadie respondió.

Había abierto los ojos, pero la claridad me obligó a cerrarlos. Me los tapé con la mano y fui entreabriéndolos hasta acostumbrarme a la luz. Me dolía mucho la cabeza. Me la agarré con las dos manos. Luego me la froté y, al llegar a la nuca, noté una especie de grano, del tamaño de un garbanzo. Me incorporé como pude en la cama. Aquella no era mi habitación. Me asusté. Las paredes eran plateadas, paneles lisos unidos por perfiles de metal con remaches, sin ventanas, sólo había una puerta. Llamé otra vez:

—¿Mamá?

Tampoco obtuve respuesta. Tenía diez años y, la verdad, nunca había pasado la noche fuera de casa. Me preocupé. Hasta que oí unos pasos detrás de la puerta. Me puse en pie de un brinco para pedir ayuda a quien estuviera al otro lado, pero, antes de llegar, la puerta se abrió y apareció una hormiga casi tan alta como yo. Corrí horrorizado y gritando hacia el otro lado de la habitación. Quise trepar por la pared, pero no había dónde agarrarse. Lloré. Pensé que era el fin. Miré de reojo a la hormiga. No se había movido de la puerta, me miraba impasible, sólo movía las antenas lentamente. Cuando dejé de gritar, me habló:

—Cálmese, por favor —dijo con tono suave—. No se preocupe, Dios Rubén.

Sabe mi nombre y me llama Dios. No puede ser. Una hormiga que me habla y que es tan grande como yo. O yo tan pequeño como ella. Esté claro: es una pesadilla y en nada, me despierto. Me pellizqué el brazo. Sólo conseguí hacerme daño.

—Soy el coronel Micrón, si es tan amable de acompañarme —giró sobre sí misma y echó a andar por el pasillo.

Pensé en no moverme de allí, pero quizás fuese la única oportunidad de salir de esa habitación, así que la seguí. Sentí el frío del suelo en los pies, iba descalzo. Me los miré y no los reconocí, eran grandes. Igual que mis manos y mis brazos llenos de vello. Me toqué la barbilla y descubrí que tenía barba. Caminamos por una serie de pasadizos, todos con las paredes como las de la habitación, sin ventanas, iluminados con la misma luz blanquecina e intensa.

Llegamos a una gran sala donde más hormigas hablaban alrededor de una mesa. Al entrar nosotros, guardaron silencio e inclinaron la cabeza a mi paso. El coronel Micrón me indicó una especie de trono, situado en lo alto de una escalinata, para que me sentara. Obedecí. Ninguna habló, parecía que esperábamos a alguien más. Por fin, una puerta a la derecha de la escalinata se abrió y apareció otra hormiga, aún más grande que las demás. Despiértate ya, Rubén, despiértate ya.

—Majestad —le dijo el coronel mientras se retiraba a una esquina de la sala.

Las otras hormigas hicieron una genuflexión. Yo, agarrado a los reposabrazos del trono, era incapaz de moverme. La hormiga grande se paró delante de mí.

—Dios Rubén, nos alegra que por fin haya despertado. Es un honor tenerlo con nosotros —inclinó la cabeza—. Soy la reina de la colonia, la Reina Nórvix. Deseamos ponerle al día de la situación actual.

Asentí. Primero para saber dónde estaba y por qué. Segundo, por miedo a que me atacaran si me negaba. La reina se sentó en otro trono que había en la parte opuesta de la mesa.

—General Velton, por favor, proceda.

Una de las hormigas se levantó, vino hasta el pie de la escalinata y con un mando descolgó del techo una pantalla.

—Dios Rubén, le ruego que escuche atentamente mi explicación. Cualquier duda que le surja, plantéela al final de la misma.

Bien. Como si tuviera otra posibilidad.

—Nos encontramos en la Cámara del Consejo de la Colonia 54281XE —dijo y en la pantalla empezaron a sucederse diapositivas—. La misma se ha desarrollado gracias a su importante aportación de alimentos. Su entrega diaria de lo que llamaba quesito propició el desarrollo de nuestro cuerpo militar.

Como el destello de un relámpago me llegó la imagen de mi madre insistiéndome en el parque cada tarde:

—Rubén, toma los quesitos, que ya sabes que tienen mucho calcio. Te harás grande y con los huesos fuertes.

Lo mismo cada día desde que tengo uso de razón. Ella no sabía que aquella masa densa, pastosa, no me gustaba. Me daban náuseas cada vez que la tenía en la boca, pegándose en cada recoveco de mis dientes. Si le decía que no me gustaba, seguro que me castigaba. Así que los cogía, me iba a jugar y los tiraba por ahí. Hasta que un día vi un hormiguero y se me ocurrió poner los dos quesitos junto a la boca del mismo. Las hormigas se arremolinaron encima. Al día siguiente no quedaba nada de los de la víspera y les dejé los que acababa de darme mi madre. Estuve dejando cada tarde los dichosos quesitos durante años. Mi madre les tenía una fe ciega. ¡Ayer mismo dejé dos!
—Poco a poco —continuó Velton—, cruzando los miembros del cuerpo militar con la Reina, que también se alimentaba con el quesito, se desarrolló una raza superior, más grande, más fuerte y con un exoesqueleto más duro.

Sí, hombre, ahora resulta que va a tener razón mi madre, ¡no te digo! Casi se me escapó la risa.

—Al exterior continuamos enviando las hormigas de tamaño arcaico para no levantar sospechas. Pero la nueva dimensión que adquirieron los miembros de la colonia precisaba galerías y cámaras más amplias. Por ello se ha hecho necesario expandirla y se tomó la decisión de salir a la superficie.

—Gracias, general Velton —interrumpió la Reina—. Continuaré yo.

El general se sentó y la Reina se acercó a la escalinata.

—Hace tres semanas nos organizamos para ocupar la superficie. En primer lugar fuimos a buscarle para ponerle a salvo. Era muy probable que el ejército de su especie llegara a la conclusión de que usted nos había ayudado a desarrollarnos y pensamos que su primer objetivo sería eliminarlo. Localizamos su colonia y, con un picotazo, lo sedamos.

Me toqué de nuevo el garbanzo de mi nuca.

—Actuaron de noche, por lo que al comando encargado no le resultó difícil. Una vez estuvo usted a salvo en nuestras instalaciones, todo nuestro ejército se desplegó por la superficie de lo que llaman ciudad. Cuando salió el sol y los primeros miembros de su especie comenzaron a salir de las colonias, empezamos a someterlos.

—¿A someterlos? —interrumpí angustiado— ¿Qué quiere decir, Reina Nórvix?

—En pocas palabras —me dijo—: hemos esclavizado a los humanos.

—¡Imposible! —Reí— Los humanos tenemos armas muy potentes —presumí—, lo he visto en mi consola.

Todas rieron, incluida la Reina, y yo dejé de hacerlo. Cuando volvió el silencio, ella continuó.

—Nuestras bajas han sido mínimas. Le recuerdo que somos una superespecie gracias a usted. No así las bajas de los humanos. Pero es lo que pasa en las guerras, quizás no lo sabía. Los que han sobrevivido, trabajan para nosotros. Los que no pueden, se convierten en nuestro alimento.

Me pellizque de nuevo, varias veces, quería despertarme ya. Pero no ocurría. Seguía allí.

—¡No, no! —No quería hacerlo, pero se me puso una especie de pelota en la garganta que me impedía tragar— Por mi culpa, todo es por mi culpa.

—¡Cálmese! —Me riñó la Reina— Compórtese como un Dios, un ser todopoderoso. Dentro de un momento subiremos a la superficie para que mis súbditos y los esclavos puedan venerarle y tiene que mostrarse sereno.

—¡No soy un Dios! ¡Sólo soy un niño! —grité y empecé a llorar— ¡Dejad que me marche con mi madre!

La Reina Nórvix se giró hacia las otras hormigas e hizo un gesto con las antenas a una de ellas.

—Coronel Yukig, por favor.

—Dios Rubén —me dijo con tono triste la otra hormiga—, lamento comunicarle que los humanos conocidos como mamá y papá fueron eliminados durante su rescate.

—¡No, no es verdad! —Casi no me salían las palabras— ¡Mentiroso, mentiroso!

Bajé la escalinata de un salto y empecé a darle puñetazos en la cabeza. La hormiga ni se inmutó, me apartó con una de sus patas, como cuando las vacas alejan las moscas con los movimientos de su cola. Me sentí insignificante. Me tiré al suelo de rodillas, me tapé la cara con las manos y lloré. Mamá y papá, muertos. Por mi culpa.

—¡Sois idiotas! —No podía contener la rabia, me limpié las lágrimas y los mocos con el dorso de la mano — Era mi madre la que me daba los quesitos. ¿Qué vais a hacer ahora que no está? No podréis seguir comiéndolos —concluí triunfante.

—No sea estúpido —me increpó la Reina—. Días después de comenzar la ocupación de la superficie nos hicimos con el mando de la fábrica de quesito. Su producción está en nuestras manos. Disponemos de todo el que queramos.

—Entonces ya no me necesitáis —se me ocurrió—, puedo irme.

—¡Ni hablar! —la Reina me miró con sus grandes ojos llenos de ojos pequeños.

—¡Soy vuestro Dios! —grité mientras subía a la parte de arriba de la escalinata— ¡Os ordeno que me dejéis marchar!

De nuevo estalló una carcajada general en la sala.

—¡He dicho que me voy! —exclamé indignado.

—No puede irse, no es libre —la Reina había tenido que apoyarse en la mesa para reponerse de la risa—. Todos sabemos que, efectivamente, no es un Dios. Pero el pueblo es ignorante, por eso necesita iconos, algo en lo que creer para no sentirse perdido. A nosotros nos conviene mantener idiotizada a la plebe para evitar sublevaciones. Usted es un simple ídolo que mantendremos aquí mientras siga siendo útil.

Una pareja de hormigas armadas se colocó en cada una de las puertas de la sala.

—¡Yo les contaré la verdad! —solté.

—No lo haréis —me prohibió la Reina—. Prácticamente no tendréis contacto con ningún humano. Visto que la sustancia con la que le dormimos ha acelerado su metabolismo y ha envejecido prematuramente, le proporcionaremos hembras de su especie para que se aparee con ellas y engendre hijos entre los que, cuando usted fallezca, elegiremos su sucesor.

—Ellas me ayudarán a desvelar el secreto.

—Lo dudo —añadió la Reina con sarcasmo.

***

No sé el tiempo que ha pasado desde ese día. Creo que años, pero no sé cuántos. No era un sueño, aunque en lo más profundo de mi ser todavía espero despertarme. Intenté rebelarme un par de veces, pero me picaban, dormía durante un tiempo y me despertaba más mayor. Comprendí que así no solucionaba nada. Empezaron a traerme concubinas. A todas les habían arrancado la lengua y provocado sordera. Hormigas malditas. Pero con una de ellas conseguí comunicarme. Nos escribíamos mensajes con los dedos sobre nuestras pieles. Ella me contó que había un movimiento de resistencia humana.

A partir de ese momento me mostré dócil y colaborador para ganarme la confianza de la Reina Nórvix y recabar información útil desde dentro. Los de la resistencia saben que me tienen retenido a la fuerza y que tienen mi apoyo. Sé que a estas alturas están muy organizados y que falta poco para que ataquen el cuartel general de la colonia. Pero yo ya no lo veré. He sentido un nuevo picotazo en la nuca, más intenso que otras veces. Alguien ha descubierto mi juego, estoy seguro. Y también estoy seguro de que esto es el fin, me dormiré y ya no me despertaré. O quizás sí. Quizás me despierte de nuevo en mi habitación. Sí. Entonces lo primero que haré será decirle a mi madre que no me gustan los quesitos. ¡Mamá, mamá! ¿Estás ahí?


Pinchando en este enlace podréis leer el relato en la antología (comienza en la página 93) y descargaros gratuitamente la antología completa en pdf.

viernes, 12 de enero de 2018

Fauna local


En marzo o abril del año pasado, una mañana, por la Playa del Miracle, oí un parloteo. No era un trino de pájaro de los habituales que hay en Tarragona. En un árbol vi tres pájaros algo más pequeños que una paloma, verdes, de pico grande y con las plumas de la cola largas. Loros, cotorras, papagallos,… No lo sé, mis conocimientos en ornitología son muy limitados. El caso es que no son aves locales. Pensé que alguien los había soltado, cansado de ellos o por no poderlos atender. O que se habían fugado de una jaula mal cerrada. Me dieron pena, les di unos días de vida.

Sin embargo, he seguido viéndolos. No cada vez que he pasado por allí, pero sí cada cierto tiempo. Pasaron del paseo de la playa a la zona del Fortí de la Reina. Y las últimas veces los he visto en las ramas de los árboles de una casa del Paseo Rafael Casanova. Esta mañana he vuelto a verlos. Siempre en el mismo árbol de la misma casa del mismo paseo. Yo iba corriendo, pero me he parado a hacerles una foto (mis hijas, cada vez que les hablaba de los pájaros verdes, me pedían una foto) y esta vez había nada menos que seis. Si el grupo sigue creciendo acabarán siendo incluidos en la lista de fauna local.
Estos son los loros, cotorras o papagallos. Hay tres que se ven a primera vista.
Los otros tres están en las ramas más bajas de la derecha.
En Tarragona el clima es bastante suave, aunque este otoño ha habido varios días de viento muy violento, alguna tormenta fuerte y un par de días de bastante frío. Pero ellos siguen allí, aguantando en libertad. Me alegra ver que sobreviven. Está claro que los animales nos dan mil vueltas. Las personas vivimos con tantas comodidades y nos hemos habituado tanto a ellas que cualquier contratiempo o salida de nuestra zona de confort  nos supone un problema. Sin embargo, ellos han sabido adaptarse, si los liberaron o se escaparon, se han apañado para comer y resguardarse (y juro que con las palomas y las gaviotas tienen que tener mucha competencia, porque, sobre todo las primeras, son legión). Supongo que alguien de la casa cercana a su árbol les da algo para comer, por eso vuelven allí desde hace tiempo, y que se han buscado algún hueco donde dormir y guarecerse. Imagino que está en su ADN y da igual que hayan nacido en cautividad: si recobran la libertad, recuperan sus habilidades. Un gran aplauso para ellos. No me veo sola en un bosque o en una isla y sobreviviendo… Mi ADN está tan atrofiado como el del resto de la Humanidad.

NOTA (día 16/01/2018): Publiqué la foto en las redes y me dicen que son cotorrillas argentinas (Myiopsitta monachus), que son una especie invasora y que, si no se toman las medidas adecuadas, se convierten en plaga. Que los gorriones, las palomas y otras aves urbanas tienen serios problemas con ellas. Que avise al SEPRONA de la zona para que actúe. Eso haré.

viernes, 5 de enero de 2018

NI UNA MÁS

Hoy os cuelgo un relato navideño y negro, no puedo evitarlo, en serio, jajajajaja. Con él he participado en un concurso entre colegas de letras sin más ánimo que pasarlo genial. Teníamos el obstáculo de un sinfín de palabras relacionadas con estas fechas que no podíamos usar. He quedado tercera, junto a varios compañeros más y es que hay mucho talento por ahí. Feliz Noche de Reyes a todos, que os traigan cariño, que vale más que nada. Feliz 2018 a todos.

Imagen tomada de sohomind.com


Ni una más

Llevo meses planeándolo. No volverá a pasarme. Todos reunidos en torno a la mesa, en plan familia feliz, hablando de lo de siempre para no tocar los temas tabú y las bromas del gilipollas de mi cuñado. Las niñatas dando por el saco, que si pueden abrir los regalos, que hemos quedado. Y mi suegra, el año que viene ya no estaré aquí, ay, qué pena. Lástima perderme el menú, que no es el tradicional. Hace años empezaron a innovar y, la verdad, da gusto. Aunque luego se me amargue, por contener la mala hostia que se me mete en el cuerpo.
Algún año tenía que tocarte estar de guardia, cabrón, suelta el gilipollas de mi cuñado, que vives como un “majará”. Pues sí, una llamada a tiempo, el cadáver de una anciana flotando en el río. Y, mira, mi suegra tenía razón, este año ya no está aquí.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Quesitos

Han pasado meses desde la última vez que escribí en el blog. Hoy lo retomo para compartir con los lectores mi primer regalo de Navidad: la publicación de uno de mis relatos en una antología digital.

El Narratorio Antología Literaria Digital Nº 22 Diciembre 2017 Año 2 es el nombre de la antología. A través del blog del mismo nombre, El Narratorio, se publica mensualmente una antología en la que participan autores hispanoamericanos.


Quesitos, así se llama mi relato, es un relato de ciencia ficción. No es mi género, pero una anécdota infantil de mi cuñado Juan Carlos me inspiró hace años y ahora he recuperado el relato, lo he reescrito y revisado y así es como ha quedado.

—¡Mamá, mamá! ¿Estás ahí? —nadie respondió.
Había abierto los ojos, pero la claridad me obligó a cerrarlos. Me los tapé con la mano y fui entreabriéndolos hasta acostumbrarme a la luz. Me dolía mucho la cabeza. Me la agarré con las dos manos. Luego me la froté y, al llegar a la nuca, noté una especie de grano, del tamaño de un garbanzo. Me incorporé como pude en la cama. Aquella no era mi habitación. Me asusté. Las paredes eran plateadas, paneles lisos unidos por perfiles de metal con remaches, sin ventanas, solo había una puerta. Llamé otra vez:
—¿Mamá?
Tampoco obtuve respuesta. Tenía diez años y, la verdad, nunca había pasado la noche fuera de casa. Me preocupé. Hasta que oí unos pasos detrás de la puerta. Me puse en pie de un brinco para pedir ayuda a quien estuviera al otro lado, pero, antes de llegar, la puerta se abrió y apareció una hormiga casi tan alta como yo. Corrí horrorizado y gritando hacia el otro lado de la habitación. Quise trepar por la pared, pero no había dónde agarrarse. Lloré. Pensé que era el fin.

Pinchando en este enlace podréis leer el relato completo (comienza en la página 93) y descargaros gratuitamente la antología completa en pdf. Más adelante lo publicaré entero. Espero que os guste.

domingo, 7 de mayo de 2017

INSTRUCCIONES PARA SER LA MADRE PERFECTA

Tal y como hice hace cuatro años, después de haber leído “Historias de Cronopios y de Famas” de Julio Cortázar, se me han ocurrido unas nuevas instrucciones. Como entonces, espero que quien lee entienda que es un juego, en este caso cargado de ironía. Por sorprendente que parezca, no me he inventado ninguna de las cosas que menciono en esta entrada, todas son fruto de lo que he visto y he vivido en estos diez años que llevo siendo madre. Yo misma he hecho alguna cosa de esta lista, aunque ahora me arrepienta, pero reconozco que una vez creí que estaba haciendo lo correcto. Y eso es lo bueno de que los hijos crezcan, que las madres también crecemos y nos vamos dando cuenta de los errores que hemos cometido y tratamos de enmendarnos.

Así que aquí tenéis, dedicadas a todas las madres que no son perfectas ni lo pretenden, las “Instrucciones para ser la madre perfecta”. Porque para nuestros pequeños, lo seremos siempre.

INSTRUCCIONES PARA SER LA MADRE PERFECTA

Circula el mito de que la perfección no existe, pero eso es porque no la conocen usted. Téngalo claro: es posible y usted puede hacerlo. Esta es la premisa principal. Y qué mejor campo para alcanzar la perfección que la maternidad.

En primer lugar, tenga usted hijos. Uno o más, propios o adoptados, esto ya es elección personal. Una vez disponga de los niños empiece por mirar perdonándoles la vida a los que no tienen hijos porque no quieren, con lástima a los que quieren tenerlos pero no pueden y con superioridad y hasta desprecio a los que los tienen pero los tienen asilvestrados o dejados.

Dele siempre lo mejor, que no le falte de nada. Porque una madre perfecta tiene hijos perfectos y ¿qué hijo perfecto tiene algún tipo de carencia? Ninguno. Cólmele de todo emocional y materialmente, no vaya a traumatizarse.

En lo material, que vaya siempre perfectamente vestido, nada de comprarle ropa en tiendas low-cost en las que no hay una costura a derechas y la calidad brilla por su ausencia y que vaya siempre perfectamente conjuntado (ni se le ocurra permitir que salga de casa con, pongamos, una camisa de cuadros y un pantalón de rayas, ¿qué clase de madre deja escapar un detalle así?).  Y si es niña, nada de complementos horteras, ¡ni hablar! Nada de bolsitos o bisutería de plástico de colorines ni de diademas con flores o lazos tamaño XXL. Eso que se lo ponga por casa o en Carnaval. El resto del año, que vaya perfecta. La espontaneidad y la imaginación nunca conjuntaron con la perfección. Y los juguetes o cromos de moda, cómpreselos, no vayan a hacerle el vacío los otros niños porque no los tenga.

En lo emocional, recuérdele siempre lo especial y maravilloso que es. Pero no lo es sólo para usted, también lo es para el resto del mundo. Y es importante que el niño se sienta así. Dígale que vaya con la cabeza bien alta, que no hay nadie como él y que quien diga lo contrario, lo hace por envidia.

Prepárele siempre la comida, que coma en casa. La comida del comedor escolar es poco menos que veneno. Así que vaya a buscarlo y que coma en casa o, si usted trabaja, reclute a una abuela u otro familiar que rescate a su pequeño de esa muerte segura. En ningún lugar comerá como en casa porque usted no sólo es perfecta como madre, sino también como cocinera.

Apúntese a cualquier actividad educativa, cultural o lúdica que se proponga en la clase o en el colegio. Que todos vean lo volcada que está en su criatura y lo dispuesta que está a formarlo. “La mujer del César no solo debe ser honesta, sino parecerlo”, pues en su caso, igual, no sólo debe ser perfecta, sino que esto debe verse.

Cuando su hijo traiga deberes, hágalos con él, un niño perfecto no puede llevar los deberes mal hechos o, peor, sin hacer. Y si el niño se los dejó en el colegio, consígaselos, mande un whatsapp al grupo de la clase o a una mamá de confianza para que se los pase. Que no haya ni una mancha en la reputación de su hijo.

Hágase amiga (o al menos orbite alrededor) de otras madres que, además de ser madres, sean profesoras. Téngalas en un pedestal. Todo lo que ellas saben sobre pedagogía, usted debe aprenderlo (si es que no lo sabe ya porque usted habrá leído sobre el tema todo lo posible o quizás tenga algo de formación). Lo que ellas digan es “palabra de Dios”.

Trabaje en casa con su hijo las buenas formas. Insista en las lecciones cuantas veces haga falta y si comete el error de no portarse como usted le enseña, castíguelo. Ni se lo ocurra pensar que con darle ejemplo es suficiente, no, los niños son despistados y no se fijan, hay que insistir e insistir para que aprendan.

Imagen original tomada de www.momzilla.com.mx de Pixabay

Haga suyos los problemas de su hijo y elévelos a su nivel. Nadie mejor que usted para defender a su prole ante otros niños, otras madres o padres, el colegio o quien haga falta. No permita que los niños solucionen los problemas entre ellos. Si su hijo tiene problemas con otro niño, use todas las técnicas para demostrar que es así. Primero, vigile desde la distancia (si es necesario, vaya durante las horas de recreo a los alrededores del patio para poder decir que usted vio con sus propios ojos que ese niño se metía con el suyo) y quéjese a la tutora. Pero no le escriba una simple nota, escriba una carta describiéndole con pelos y señales todo lo que ese niño le hace al suyo. Porque, sin lugar a dudas, la versión de su hijo es la verdadera, ya que él es perfecto, un santurrón, un alma inocente y un bendito que no ha roto un plato en su vida. Todo lo que pueda contar el otro niño o la tutora es mentira o está tergiversado. Si esto no funciona, no lo piense, pille al otro niño por banda, a parte, fuera del colegio, y métale el miedo en el cuerpo. Créame, le estará haciendo un gran favor a su hijo.

Justifique el mal comportamiento de su hijo. Si le llaman la atención, diga que es que el niño tenía un mal día o que llevaba muchos días aguantando y explotó o que lo hizo porque otro se lo ordenó. El suyo es perfecto y jamás se porta mal sin motivo.

Enseñe a su hijo a sospechar de los demás. Por ejemplo, si su hija lleva unos zapatos nuevos y otra le dice que esos zapatos no pueden llevarse al colegio, dígale a su hija que la otra lo dice porque es una envidiosa y a ella no se los pueden comprar. No hay ninguna posibilidad de que esa niña tenga también unos zapatos nuevos y en su casa le digan que no puede llevarlos a la escuela porque es un desastre y los estropeará y crea que esa norma sirve para todos. No, es una envidiosa.

No crea usted nunca que los otros niños hacen comentarios desde la inocencia. En sus palabras siempre hay intencionalidad, ganas de herir. Y esto se debe a que en su casa maman esta actitud. Si se entera de que algún niño dijo algo fuera de lugar o insultante, arremeta contra este niño delante de su hijo y asígnele los defectos que ha detectado en sus padres. De este modo su hijo sabrá cómo es ese niño en realidad.

Y, por último, critique de manera velada a las madres que no buscan la perfección. Vaya dejando caer píldoras aquí y allá, que los demás vean lo lejos que están de la perfección y cómo esto perjudica a sus hijos. Todos le agradecerán que usted les abra los ojos. Usted no se deja engañar, nadie mejor que usted (ni sus propias madres, ni la tutora, nadie) conoce a esos niños, usted se ha dado cuenta de lo malos y retorcidos que son y de cómo tienen engañados al resto del mundo.

No se agobie intentando cumplir con todo desde el primer día. Vaya aplicándose paso a paso y alcanzará la meta sin problemas.

jueves, 6 de abril de 2017

Carretera a ninguna parte

Desde la terraza de mi cocina veo un antiguo tramo de la A7, la carretera de circunvalación de Tarragona. Allá por 2009-2010 se convirtió en un lugar abandonado. La expansión de la ciudad pedía el segundo cinturón, así que se ejecutó la obra más allá de las instalaciones del Nàstic y este tramo quedó sin derruir por problemas de titularidad u otras historias con las que las administraciones públicas nos toman el pelo habitualmente.

Aún recuerdo el ruido constante del tráfico que, al cabo de unas semanas de vivir aquí, interiorizamos de tal manera que ya ni percibíamos. Y el atasco que se formaba a la hora de comer y a última hora de la tarde, ya que terminaba unos cientos de metros más abajo en una rotonda que llevaba a la carretera nacional. Un cuello de botella. Y hablo con conocimiento de causa, que estuve atascada cientos de veces, con el balcón de mi casa al alcance de mi mano (la carretera está a unos pocos metros de nuestro edificio).

Me alegré de librarme para siempre de los atascos y pensé que se convertiría en una carretera muerta, en un cadáver de hormigón y brea que iría deteriorándose. Pero no. Al poco de dejar de pasar vehículos por ella, hierbas y plantas empezaron a brotar entre las grietas de la calzada y varios conejos, cuyas madrigueras debían de estar en los márgenes de la carretera, hicieron suyo el territorio.

Uno de los conejos que habitaban o habitan la zona
Al principio, campaban a sus anchas a cualquier hora del día. Pero con el paso del tiempo sólo se les veía dando saltos si se madrugaba, ya que mucha gente del barrio empezó a aprovechar el tramo de asfalto para pasear y dejar correr libres a sus perros. Yo hace tiempo que no los veo, meses, igual es que no madrugo lo suficiente o que no miro tanto hacia la calle o igual han encontrado una madriguera mejor... Desde entonces, como digo, sirve para que los perretes del barrio tengan un lugar en el que correr sueltos sin que a nadie le moleste. Pero la gente no sólo le encontró esta utilidad. Una carretera a ninguna parte es un lugar donde enseñar a los niños a ir en bici sin rueditas, donde echar petardos y encender tracas sin peligro la noche de San Juan, donde conducir un coche infantil a batería o un fondo original en el que hacer fotos o grabar un vídeo. En todos estos años he visto posando allí a modelos femeninos y masculinos; a un saxofonista y a un guitarrista para, supongo, ilustrar los libretos de sus maquetas; a un tipo en una motaza que iba de arriba a abajo al que grababan desde dos coches; a un grupo de rock que montó toda su parafernalia sobre el asfalto y repetían una otra vez la misma canción mientras un equipo técnico los grababa; y últimamente veo muchas adolescentes (¿o son preadolescentes? Porque yo no creo que tengan más de 13 o 14 años) que también vienen a hacerse fotos en la carretera. Imagino que éstas ya no usarán la palabra "guay" sino "guapo", "cool", "trendy" o a saber qué término, pero supongo que será "guapo" poner en tu perfil de cualquier red social una foto hecha en una carretera a ninguna parte.

Un buen día, no hace ni dos años, aparecieron unos operarios que pintaron en el suelo unas rayas de aparcamiento. ¿Por qué no aprovechar ese espacio "muerto" para que los aficionados que cada dos semanas vienen al partido del Nàstic puedan aparcar? Bien pensado, sí, alivia de coches las calles del barrio. Pero qué curioso que de esta manera el círculo se ha cerrado y, cada quince días, el tráfico lento ha vuelto a la carretera vieja: desde una hora antes del partido y hasta media hora después.

La carretera con las rayas de aparcamiento a día de hoy. Detrás de
las instalaciones del Club Gimnàstic de Tarragona se
ven camiones, ése es el tramo que dejó vacío éste.
Hay en el aire un proyecto de desarrollo del barrio. En él parece que este tramo se eliminará y se convertirá en una avenida o algo así. Como el mercado del ladrillo sigue estancado, creo que tendremos carretera para años. Mientras tanto, lo que parecía que quedaría olvidado, seguirá dando oportunidades de uso. Oportunidades que nunca imaginé cuando estaba metida en mi coche, atrapada en el atasco.

jueves, 30 de marzo de 2017

Lavado de cara

Este blog llevaba tanto tiempo guardado que al sacarlo me he dado cuenta de que necesitaba un lifting. Y qué mejor manera que desempolvarlo un poco que cambiándole la cara. Necesitaba un nuevo aire que invite más a la lectura, hasta ahora tenía un fondo demasiado oscuro y unas letras muy claras que quizás cansaban a la hora de leerlo.


También he cambiado los textos de introducción y del perfil. Antes daba demasiada información que, en realidad, no aporta nada y que quien me conoce personalmente, ya sabe. Ahora, quien quiera saber de mí, que me lea. Queramos o no, aunque se escriba ficción, todo texto lleva parte del autor.

Espero que los cambios mejoren la imagen del blog. El próximo post tendrá más sustancia.

jueves, 23 de marzo de 2017

Retomar las buenas costumbres

He perdido la cuenta del tiempo que hace que no escribía en mi blog (desde julio, nada menos). Lo tengo muy abandonado, lo que no significa que haya dejado de escribir. Es verdad que he estado durante tres años enfrascada en un proyecto grande (a ratos creo que demasiado grande para mí) y me he tomado varios meses de reposo mental, para coger distancia con el texto y retomarlo de nuevo ahora, después de haberme desenganchado de él. Lo cierto es que en mis cuadernos de notas he seguido volcando ideas y retratando personas y personajes que, quién sabe, algún día podré utilizar.

Momento de gloria radiofónico
Hoy vuelvo por aquí para enlazar la entrevista-tertulia en la que participé en Tarragona Ràdio el pasado 06 de marzo junto a las otras dos premiadas en el Concurs “Relats de dones” de 2016 (edición XVI) que organiza el Ayuntamiento de Tarragona. Para escucharla, pincha aquí. Es en catalán. El mío, como es bastante flojo, creo que lo puede entender hasta alguien que no lo hable. Dura media hora, así que hay que tener tiempo y ganas de escucharme hablar.

jueves, 14 de julio de 2016

El tiempo en Correos

Hoy tenía que estar a las 10:30 en un sitio y antes tenía que pasar por Correos. Llego allí a las 09:50 y saco el número del turno: A036. Hay cinco ventanillas abiertas, nada más. Miro el panel donde salen los turnos y veo que el último que han llamado de mi letra es el A022. Mientras espero, relleno el papelito de los envíos certificados. Entre tanto, las letras B, C y D van pasando. Vuelvo a mirar, la letra A no ha avanzado. Me fijo que sólo en una de las ventanillas atienden la letra A, otras dos atienden la B y las dos restantes, la D. La gente que espera ya mira el reloj y resopla. Los que llegan, alucinan porque ya salen los A040 y pico. La funcionaria de la ventanilla A termina de atender al cliente, miro la hora, son las 10:10. Vuelvo a mirarla y veo que se ha levantado, va hacia el perchero, coge su bolso y otra bolsa (de los recados que hará durante su pausa del almuerzo, supongo) y, con la cabeza baja, se va. Los que estamos esperando con la letra A empezamos a murmurar, ansiosos por ver aparecer un nuevo funcionario que atienda esa ventanilla. No aparece nadie.

Un señor reclama a una funcionaria que está echando una mano a las que atienden a la letra B, le dice algo que no oigo bien, como que avisa a alguien. Yo, que ya llevo unos minutos comentando con mis compañeros de espera, pregunto si habrá hojas de reclamaciones. Un señor me dice que sí, que tiene que haberlas. Así que me acerco a uno de los funcionarios de la letra D, que acababa de terminar de atender a uno que había dejado dos paquetes enormes y que, parece ser, tenía que pesar de nuevo y expedirlos, y le digo:
—Perdone, ¿hay hojas de reclamaciones?
Me mira como si le estuviera hablando en marciano o le hubiera pedido que me donara aquí y ahora un riñón y me dice con cara de estar muy agobiado:
—Sí, por ahí habrá —señalando con un gesto de la mano un punto indeterminado del espacio.
Se me hinchan las narices y le digo:
—Ya, pues es que no hay nadie que atienda los envíos y llevamos mucho tiempo esperando.
Y me dice muy rebotado:
—¡Claro! Y ahora me tengo que levantar para ir a llamar a alguien y así se retrasa todo.
—Eso es —le contesto más rebotada que él—. Es justo que se retrasen todas las letras y no sólo la A.

Entonces se levanta y se mete detrás. Al momento, sale, se sienta y sigue a lo suyo y unos segundos después aparece la encargada. En un minuto soluciona el problema. Nos dice que se había desconfigurado el sistema que tienen para ir dando turnos y salían el resto de letras, pero no la A.
—Si hay cualquier otro problema, se lo dicen a mis compañeros.


¡Pobre mujer! Si a ninguno le iba bien levantarse de su sitio para avisar de lo que pasaba… No digo que todos los funcionarios sean así, ni mucho menos todos los de Correos. Sólo digo que los que estaban esta mañana atendiendo han demostrado que tienen cero iniciativa (si cómo funcionan ahora no resulta útil (siempre hay colas), propongan nuevos sistemas organizativos), cero espíritu de equipo (si el problema lo tiene otro compañero, que se jo… y pringue él, que yo paso) y cero sentido de servicio (si hay mucha gente esperando a ser atendida, que esperen, yo, a mi ritmo).

Estoy leyendo “La conciencia de Zeno” de Italo Svevo y hay un párrafo que me viene al pelo. Dice así: “[…]Entonces recordé que en tiempos la condena a trabajos forzados se aplicaba en Inglaterra colgando al condenado encima de una rueda accionada por agua, con lo que se obligaba a la víctima a mover con determinado ritmo las piernas que, si no, resultarían aplastadas. Cuando se trabaja, se tiene siempre la sensación de una obligación de ese tipo. […]”. Bien, pues los funcionarios que estaban atendiendo esta mañana entre las 09:50 y las 10:30 en la oficina de Correos de Tarragona parece ser que también están obligados a trabajar a un ritmo determinado y no pueden hacer nada que no sea su función, porque se rompe el ritmo y se les aplastan las piernas. O tal vez, si lo hacen, se genera una especie de cataclismo de consecuencias insospechadas que es mejor no provocar.


¡Ah! He llegado a la hora a mi siguiente cita, pero por dos razones: la primera, gracias una chica y un señor que me han dado turnos de gente que se había desesperado y se había marchado, con lo que al final yo tenía el turno A028; la segunda, porque tenía que ir a unos 100 metros de Correos y no hace falta mucho tiempo.

lunes, 6 de junio de 2016

El metro

Hoy he recibido el libro La mancha mínima, Antología de literatura breve, el libro decimotercero de los alumnos (y no sé si este año también hay profesores) de la Escuela de Escritores en el que otra vez me he atrevido a participar. Este año el prólogo es de Julio Espinosa Guerra, director de la Escuela de Escritores de Zaragoza y podéis leerlo aquí. Entre los relatos de 219 autores está el mío, El metro. Y, cosa la mar de curiosa, los relatos están ordenados alfabéticamente pero no por el apellido del autor, sino por el nombre. ¡Oh, cielos, el mío ocupa el puesto 218! El metro lo escribí (con otro título) en 2015 para un concurso de relatos eróticos y era bastante más largo. Esa versión larga fue seleccionada para publicarse, pero al final todo se fue al traste y aquel libro nunca vio la luz. Así que extraje una parte de aquel relato y la ajusté a la longitud que permite la publicación en el Libro de la Escuela de Escritores. ¿De qué recodo de mi imaginación sale este relato? Bueno, me lo guardo para mí, pero digamos que señores de estos, haberlos, haylos...


El metro

Yolanda Gil Jaca
Tarragona, España
A todos mis profesores,
por haber dejado su huella en mí y por ser mis guías en esta travesía.

Una mañana, por casualidad, descubrí en el metro que podía obtener un poco de placer gratis. Eran las ocho menos cuarto de la mañana, hora punta de entrada en las oficinas y en las clases. No suelo madrugar tanto, pero aquel día tenía que echarle una mano a mi hija pequeña. Empezaba con obras en la cocina y me había pedido que estuviera en casa para que los paletas estuvieran a lo que tenían que estar. Así que, cuando llegó el convoy, me sujeté el sombrero con una mano y aferré el bastón con la otra y entré en el vagón, empujado por la avalancha de gente que había esperado conmigo en el andén. Nos apretujamos como pudimos porque ya venía bastante concurrido y, cuando los pitidos de las puertas avisaron de que se cerraban, aún entraron varias personas a toda prisa. Entre aquella maraña de brazos que intentaban sujetarse a alguna barra y de piernas semiabiertas que trataban de guardar el equilibrio fue donde se abrió la caja de Pandora.
Después de los primeros codazos suaves la gente quedó encajada en el vagón, los cuerpos se tocaban lo justo para que todos estuviéramos conformes. El recorrido del metro llegó a la primera curva y fue entonces cuando el cuerpo de la chica que tenía delante se apoyó por entero en el mío. Mi primera reacción fue apartarme, más por educación que por incomodidad. Pero el olor a vainilla de su champú o de su perfume, quién sabe, se me metió en la nariz cuando ella se movió para agarrarse mejor y despertó algo en mí que creía olvidado. En lugar de apartarme, me pegué más a ella, con suavidad. Ella solo movía la cabeza al ritmo de la música que iba escuchando, pero no se alejó de mí. Ni tampoco se volvió para decirme nada o echarme una mirada de desaprobación. Su reacción, o la falta de ella, me dio alas. Noté que me estaba empalmando. Doblé un poco las rodillas y al estirar de nuevo las piernas rocé con mi verga su trasero. Ella siguió sin moverse. Miré a mi alrededor. Cada cual iba a lo suyo. Una nueva flexión de rodillas y otra vez me restregué contra sus nalgas. Ella, impasible, la cabeza arriba y abajo al ritmo de la música, y yo con una erección que abultaba mis pantalones. Tenté a la suerte y volví a frotarme con ella, esta vez mi rabo se paseó entre sus muslos hasta que se topó con su trasero. Entonces el metro frenó con su brusquedad habitual. Ella se volvió, yo giré la cabeza en sentido contrario y oculté el rostro con el ala de mi sombrero. La chica bajó en esa parada sin decirme ni pío. Buena parte de los pasajeros también se bajó allí y quedaron algunos asientos libres. Me senté en uno y me quité el sombrero. Lo coloqué sobre mis partes.
Esa noche, en casa, recordando ese momento, me masturbé.
Al día siguiente, de camino a casa de mi hija de nuevo, me situé en otra zona del andén. No sabía si aquella chica se había subido en la misma parada que yo o ya venía en el vagón, pero no quería coincidir con ella. Llegó el metro y entré. Eché una rápida ojeada a los pasajeros que me rodeaban, todos varones. El resto del día tuve una ligera sensación de decepción.
El tercer día de las obras en casa de mi hija volví a tomar el metro en la misma parada atestada de empleados y estudiantes. Después de algunos empujones y codazos, el convoy salió de la estación. Delante de mí había una chica. Su pelo olía a rosas. Otra vez un olor que destacaba entre el resto y que me encendía. Llegamos a la primera curva y mi cuerpo y el de la chica se juntaron. Sentí la tensión en mis partes. Miré a la derecha, hacia la ventana, mi sombrero, mi frente y mis ojos se reflejaban en el cristal por encima de otras cabezas. «¡Vamos, prueba otra vez!», me pareció que me ordenaban los ojos de mi imagen especular. Obediente, doblé las rodillas lo suficiente para que al estirarlas mi verga empalmada se frotara con el trasero de la chica, que, incómoda, se apartó un poco. Fuera de mí, en la siguiente curva aproveché para restregarme otra vez. Entonces ella intentó separarse de mí otra vez y volvió la cabeza:
—¡Oye! —empezó a decir alterada, pero, al verme, continuó más educada—. Tenga cuidado, señor.
—Perdone, señorita. —Simulé estar muy apurado, levanté la mano en la que llevaba el bastón y la moví señalando el gentío—. Hay tanta gente que…
Ella miró la empuñadura de mi bastón y, de repente, se puso roja como un tomate.
—No pasa nada, es normal —sonrió un poco y se dio la vuelta.
En la siguiente parada el vagón quedó bastante vacío. Busqué un asiento libre y, entre divertido y excitado, oculté mi erección bajo el sombrero.
A partir de aquel día se convirtió en un juego para mí. En una especie de reto contra mí mismo. Buscar una chica, empalmarme y frotarme cuanto más tiempo mejor, hasta que ella se bajara del vagón o me dijera algo y yo pudiera usar la excusa de la empuñadura del bastón.